—Mi manita…
Los ojos de Ares pronto se posaron en la pequeña lastimadura y tomó mi mano con la suya, comprobando el estado de la herida.
—¿Tus rodillas? —Insistió, preocupado. —¿Te lastimaste algo más?
Negué, porque los jeans protegían mis piernas incluso con el fuerte impacto contra el asfalto, y Ares me puso de pie. Sin embargo, antes de que se levantara también, dio suaves golpecitos en mi pantalón para limpiarlo. Al quedar de pie limpió mis manos y brazos y echó otro vistazo a la parte enro