Alfa Martín decía que yo amaba el océano, pero la verdad es que era su favorito, no el mío.
Él imponía sus preferencias sobre mí, haciéndolas mías por consecuencia.
De repente me sentí exhausta. Bajé la cabeza y suspiré sin fuerzas.
—Martín, déjame ir. Piensa en esto como liberarte tú también.
—Esta discusión ya no tiene sentido.
Alfa Martín actuó como si no me escuchara. Me sujetó la muñeca con fuerza, temeroso de que volviera a escaparme.
Un dolor agudo recorrió mi brazo y fruncí el ceño por