Bella me sostenía en sus brazos, dándome palmadas suaves para consolarme.
Yo no dije una palabra. Solo agarraba las botellas alineadas en la barra.
Al diablo con el sabor: yo solo quería el adormecimiento. Era mejor que ese dolor desagarrante en el pecho.
—Alfa Martín, ¿sabe qué es lo gracioso? —mi voz se quebró a la mitad, pero continué, mirándolo a los ojos como si pudiera quemar la verdad en ellos—: Ivonne no fue la única, ¿verdad?
Su lobo se estremeció. Lo vi, apenas un temblor en sus ojos