Yo ya no quería pelear más con él.
No con la loba caminando dentro de mí, frustrada y harta. Ella había tenido suficiente de sus verdades a medias y sus mentiras descaradas. Yo también.
Así que apagué mi celular y caminé hacia la puerta de abordaje.
Cuando el avión despegó, miré por la ventana y me sentí más liviana. Más libre. Mi loba soltó un respiro suave de satisfacción. Eso ya era algo.
Mientras tanto, en tierra, el Alfa Martín iba perdiendo lo poco que le quedaba de compostura.
Según con