—¡Hey, Leia, abre ya, nos estamos congelando! — exigió Hillary al hablarle al intercomunicador.
—No grites, tonta, nos avergüenzas— regañó Kristel al golpearla con el codo.
Leia sonrió y luego de avisarles que bajaba, colgó el teléfono.
—¿Llegaron? — preguntó el rubio que bajó de la habitación al escuchar el timbre.
—Ajá— ella le asintió mientras dejaba una bandeja con diversos aperitivos en la mesa.
—Yo bajo— se ofreció él y ella agradeció y le sonrió, después volvió a la cocina sólo a ve