Valeria cerró la carpeta con un movimiento calculado, lento, como quien pone el punto final a una lectura que acaba de cambiarlo todo. El despacho de Esteban había quedado en un silencio tan pulcro como sus estanterías: sin adornos, sin ruido, sin distracciones. Solo decisiones. Solo poder.
Valeria levantó la mirada.
—He terminado —dijo.
Esteban, apoyado en el respaldo de su silla, apenas inclinó la cabeza. Un gesto mínimo, pero suficiente.
—¿Entonces… firmamos?
No era una pregunta casual.