El reloj marcaba más allá de la medianoche y la casa de la colina parecía sumida en un silencio que pesaba como plomo. No solo por el cansancio general del correr de las semanas, sino por algo más, algo terriblemente doloroso como lo eran las mentiras.
Massimo estaba sentado en el sofá, los codos apoyados en las rodillas, mientras aquella fotografía de Praga seguía todavía fresca en su mente. No había querido enfrentarse a Alba con ello, no aún, porque ella no solo estaba preocupada por sus pro