El maquillaje ardía un poco bajo las luces del set, pero Alba apenas lo notaba. Estaba sentada frente a su reflejo, con los labios pintados de un rojo que no coincidía con su estado de ánimo. Sonrió por compromiso al ver pasar a Ernesto, quien le guiñó un ojo desde el otro extremo del estudio. Ella le devolvió el gesto, pero el nudo en su pecho no había aflojado desde esa mañana.
Las palabras de Massimo, sus promesas tan frágiles, seguían dándole vueltas en la cabeza. Tanto como el hecho de que