Chapter One

Anabelle

Una nueva vida, un nuevo hogar, nuevas amistades, nuevo ambiente y nuevas aventuras. Esas son las definiciones que mi madre me ha recordado en todo el viaje, hacia nuestro nuevo hogar. Nos mudamos para el pueblo de mi padre, donde es nativa mi familia paterna y según los cuentos de mi madre, ellos la habían fundado hace años, el cual tiene por nombre Oblodville, pero es realmente conocida por Sangre Blanca por las leyendas fantásticas que se cuentan.

Abro la ventanilla del auto y la brisa se siente tan fresca, tan limpia, tan pura. Enseguida saco una mano para sentir el viento entre mis dedos y como mi cabello comienza alborotarse.

—Cariño, vas amar al pueblo.

Mi madre se encuentra súper entusiasmada con el nuevo capítulo de nuestra historia y más que el hospital del pueblo la habían aceptado como uno de sus doctores principales.

—Confió en ti, sé que todo nos va a salir bien.

Le sonrió a mi madre, para luego cerrar la ventanilla y sumirme en mis pensamientos. Realmente tengo un mal presagio sobre este viaje, la preocupación no abandona mi cuerpo, además que tengo un debate interno sobre contarle o no a mi madre de mis malos pensamientos. Aunque mirándola bien, no creo que me deje llevar por tontas ilusiones.

Luego de un rato en carretera, divisamos un enorme cartel que les da la bienvenida a los visitantes. Es un cartel viejo, enorme, oxidado y con falta de pintura. Olvido ese detalle de mal aspecto, cuando mi madre comienza a contarme la historia de amor por enésima de vez de mi padre y de ella, de cómo se conocieron y lo que representaba este pueblo para mis abuelos.

Las enormes casas comienzan a observarse a lo lejos. Pensaba que iban a estar en las mismas condiciones que el enorme cartel, pero realmente me sorprendió muchísimo al ver la alegría, los colores tan vivos de este pueblo. Nada que ver con las leyendas urbanas que encuentran en Internet, que relataban este lugar sin vida, sombrío y terrorífico.

Mi madre aparca el auto al frente de una casa de dos plantas modesta, bastante tradicional de color blanca, tiene un enorme jardín en el frente que choca con la terraza, llenos de tulipanes rojos. Soy la primera en bajarme y recorrer todo el jardín para oler las flores.

—Mande a sembrar tus flores favoritas, ¡Hicieron un hermoso trabajo reconstruyendo esta casa!

Asiento, tomando un tulipán para ubicarlos en un búcaro y ponerlo de decoración en mi nuevo cuarto.

Entramos juntas a la casa, a primera vista se encontraba la sala y la cocina de fondo ambas pintadas de color azul, la mayoría de los muebles estaban tapados con sabanas para evitar el polvo. Subo corriendo las escaleras para encontrar con los baños y nuestras habitaciones.

Encuentro con facilidad mi cuarto, ya que tiene todas mis pertenencias en ella. Mi cuarto es mucho más grande que el que tenía en la ciudad, una cama personal bastante grande y cómoda, las paredes de color lila y muchas cajas por donde quiera. Deposito el búcaro encima de mi cómoda, al lado de mi cama.

Comienzo a observar cada casa y sus detalles arquitectónicos. Me parece asombroso la belleza de estas casas y como se encuentran ubicadas en un pueblo ubicado en el medio de la nada. Mis ojos se fijan en algo, bueno, en una persona. Un vecino bastante guapo para decir verdad, debe tener alrededor de los 24 a 25, no puedo observarlo detenidamente como quisiera, pues desaparece enseguida de la ventana.

Hago una mueca y escucho el timbre de la casa, así que bajo para hacerle compañía a mi mamá y conocer a nuestros nuevos vecinos.

— ¡Oh! Ella es la pequeña Anabelle. —La señora me abraza fuerte y luego me suelta para examinarme, mientras le doy mi mejor sonrisa— Es bien guapa tu hija, serás una de las chicas más codiciadas de aquí.

—Gracias por lo de guapa, pero prefiero quedarme en el anonimato.

La señora deja de sonreír y se gira para mi madre.

—Ana, te han contado los sucesos de este pueblo.

Mi madre niega y yo le sigo la rima.

—Ya van muchas personas desaparecidas, casi todos son porque incumplen las leyes.

Mi madre la interrumpe sacando un papel de su bolso.

—El agente Parrish me dio este folleto con las leyes de Oblodville, además que me hablo de los toques de queda y de no abrir las puertas a extraños.

La señora asiente asustada.

Realmente todo este asunto me pone la piel de gallina y prefiero quedarme neutra al asunto. Así que dejo la conversación para ir a la cocina a sacar algunos productos que habíamos comprados.

Mi madre llega al rato con una cara de cansancio y me ayuda a sacar las compras.

—No tengas miedo de lo que andan diciendo por el pueblo, a veces quieren asustar a los nuevos inquilinos.

— ¿A veces? Me tienen con el corazón en la boca de tantos cuentos. ¿Sabes que internet cataloga este lugar como uno de los más tenebrosos y misteriosos?

Mi mamá comienza a reírse y me sacude el pelo. Me quejo un poco y al momento ambos terminamos riéndonos de las estupideces de internet. Esa noche culminó friendo un tazón enorme de papas y pollos fritos, por hoy la dieta se estaba rompiendo.

(…)

Me despierto temprano, para hacer mis ejercicios matutinos y así comienzo a conocer el pueblo un poco. Me pongo una ropa deportiva y recojo mi pelo castaño en una coleta. Salgo de mi casa y me preparo para comenzar a correr por todo el vecindario. El sol ya se estaba reflejando con poca fuerza y las calles seguían desoladas, incluso tengo que observar varias veces mi reloj para asegurarme que sean las 7 de la mañana y nadie salga para el trabajo.

Sigo corriendo hasta que mis piernas me piden un descanso y comienzo a escuchar un grito bastante aterrador y desgarrador, de esos que te ponen la piel de gallina. Se escucha bastante cerca y de alguna parte que no lograba distinguir. No puedo mentir y decir que no tuve miedo, así que no lo pensé dos veces en seguir corriendo, esta vez con más fuerzas hasta mi casa, cuando por fin me tropiezo con una patrulla.

—Jovencita ¿Qué hace incumpliendo las leyes?

Gritó el oficial mientras que mis piernas flaquean como gelatinas. Enseguida lo observo como agarra algo de su bolsillo y se encuentra en posición de alerta

—Acabo de escuchar un grito, bastante aterrador. —Mi voz sale entrecortada entre la agitación de mi carrera y del miedo de su acción— ¿Qué ley estoy incumpliendo?

— ¡Oh! ¿Eres una de las integrantes de la familia Saltzman?

Asiento rápido y sigo observando cada lugar, con miedo a que nos suceda algo.

—El toque de queda aún no acaba, es hasta las 7:30 cuando el sol está en su máximo esplendor. Vaya para su casa, por favor.

Esas últimas palabras fueron más una orden que simplemente una conversación.

—Y lo que acabo de escuchar ¿A caso no cuenta?

—Señorita Saltzman, vaya para su casa ahora.

No pienso discutir con el oficial, así que sigo mi camino hasta mi casa, cuando noto a mi vecino acosador mirándome por su ventana fijamente. Realmente este lugar me estaba volviendo bastante paranoico y nervioso.

Cuando me dispongo abrir la puerta de mi casa, visualizo en el piso un ramo de tulipanes rojos con una nota.

Te ves bien hermosa asustada Saltzman.

Con amor ZVV

Empiezo a mirar a todos lados, tomo con fuerza la nota y la rompo en miles de pedazos. Agarro el ramo de tulipanes y lo deposito en la basura junto con la nota. Vuelvo a mirar la casa de mi vecino y ya no se encuentra nadie mirando por la ventana.

—Calma Bell, no te vuelvas paranoica es solamente un vecino acosador y pervertido que piensa que se va a masturbar a costa tuya.

Entro a mi casa para encontrarme a mi madre preparando café.

—Por dios Anabelle, pensé que estabas durmiendo ¿Todo bien?

Trato de controlarme y no estallar en una crisis nerviosa.

—¿A qué clase de lugar nos vinimos a mudar?

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