Samyra salió al balcón sin pensarlo demasiado.
Cerró la puerta tras de sí, buscando silencio, un espacio donde su voz no pudiera ser escuchada desde el interior. El aire de la tarde le golpeó el rostro con suavidad, pero no logró calmar el nudo que tenía en el pecho.
Marcó el número con manos ligeramente temblorosas.
—Hola —dijo apenas la línea se conectó.
—Samyra.
Reconoció la voz de inmediato. El profesor Aníbal Duncan.
Ella bajó la mirada un instante, reuniendo valor.
—Profesor… yo… mi nombre