El mundo pareció detenerse en el instante en que las palabras de Omar cayeron sobre la habitación.
Samyra lo miró completamente paralizada, como si su mente se negara a procesar lo que acababa de escuchar. Sus labios se abrieron apenas, pero no salió ningún sonido.
—¿Qué… dijiste? —su voz finalmente emergió, débil, quebrada, como si le costara existir.
Omar dio un paso hacia la cama.
No había ira en su rostro. No había explosión. Era peor. Era esa calma rígida que precede a una decisión ya tomad