Dos horas.
Para Phillip, aquellas dos horas en la sala de espera del hospital no fueron simplemente ciento veinte minutos. Fueron una condena. Una eternidad suspendida entre la esperanza y el miedo, como si el tiempo hubiera decidido castigarlo alargando cada segundo hasta volverlo insoportable.
El reloj colgado en la pared avanzaba con una lentitud cruel.
Cada tic tac resonaba en su cabeza como un recordatorio de que, detrás de aquellas puertas cerradas, Nassira luchaba por su vida mientras su