Al día siguiente.
Mohamed permanecía de pie frente a la mansión Al-Sabah.
Todavía no podía creer lo que estaba ocurriendo.
Había llegado temprano, convencido de que todo se resolvería con una conversación.
Después de todo, aquella había sido su casa durante años.
Era el esposo de Nassira.
El yerno de una de las familias más influyentes del país.
Nadie podía impedirle entrar. O al menos eso había creído.
Sin embargo, los enormes portones permanecían cerrados.
Dos guardias custodiaban la entrada.