64. No puedo dejarlo estar.

— Dímelo— Exigió una vez más en fuertes y duros embistes, azotes que no solo fueron dirigidos a los glúteos del príncipe sin darle tregua, sin dejar de castigarle y de hacerle sentir sus celos en cada gesto, en cada mordida y en cada uno de sus embistes.

Negarle el nombre sería ponerlo en una situación en la que no sabía cómo actuar, lo más sensato sería eliminarlo, matarlo. No podría dejar que el joven saliera de la cárcel, la otra, pero más improbable solución, sería dejarlo libre.

— Te amo .
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