Mundo ficciónIniciar sesión—¿Me mando a llamar, Jefa?
Sonrió ante el comentario de él. —Sí. Matteo, te mandé a llamar y no soy tu jefa, además tu puesto es más alto que el mío. Si a alguien debo decirle jefe, soy yo a ti. Cuando puedas tráeme el último informe de los motores y coches vendidos de la semana pasada. Tuve un pequeño error al revisar el inventario que necesito corregir. Te lo estoy pidiendo a ti, porque eres amigo de los encargados de esa área y ellos siempre están muy ocupados. Se acerca a mi pantalla y lee. —Puedes pedirme todo lo que desees, jefa. Pero no entiendo porque el señor Cedric se empeña en hacerla trabajar tanto... se supone que para eso están los que hacen el inventario. ¿Que responder a eso? ¿Cómo lo justifico? —Ya sabes lo exigente que es el señor y confía en que cualquier cosa que pase por mi mano, no tendrá errores. —Lo entiendo...pero es no quita que sea algo abusivo de su parte. Esta detrás de mí, mirando la pantalla supongo, pero puedo sentir su aliento chocando con mi cuello de una manera íntima, por así decirlo. Cómo si su respiración estudiara mi piel. Observo el reflejo de su cara en la laptop y puedo ver como me mira con intensidad y se lame los labios. Se aleja cuando me giro —Si quiere, puedo ayudarla y así completa otras tareas. No creo que sea muy pequeño el error. Sonrío por su gentileza y amabilidad. —Suena tentador... pero tienes trabajo pendiente y si te muevo de tu departamento para que hagas el trabajo que me corresponde, a los dos nos van a impartir una pequeña charla de responsabilidad que no estoy por soportar. Además, esos coches de último año no aparecerán en las portadas de revistas y periódicos por arte de magia. Que el departamento de marketing digital agilice ese proceso. Ya sabes que nuestro jefe es algo exigente. Hace un pequeño gesto de desaprobación con los labios. —No sé si estoy equivocado, pero estoy apunto de creer que él jefe es solo exigente con usted. Además la cambió de lugar, y la encerró aquí tan pronto como entró a esta empresa. Siento un temblor en el estómago. Tal vez todos están notando lo mismo. —E-es porque soy su secretaria personal, tengo más carga sobre mis hombros y más documentos clasificados. Tal vez no quiere verme entretenida con ustedes. —¿Entretenerte con nosotros? Si caso nos mirabas o te reías de algunos chistes. Estoy sintiendo algo de celos, de que solo él pueda pasar tiempo con usted. —espeta él. —No es eso...— Busco cualquier excusa para hacerlo quedar bien. Odiaría que alguien tenga pensamientos extraños acerca de nosotros dos. No quiero que se lleguen a enterar de que él y yo en algún momento de nuestras vidas fuimos pareja. No sería bueno para mí, que alguien se enterara de ese pasado. Pensarlo me hace sentir terror. —No lo tiene que justificar...de igual forma, cualquier cosa puedes llamarme. Siempre estoy disponible. Sale de mi oficina, no sé porque siento que tiene otros pensamientos y que no cree en mí, pero no puedo sentarme a sobre pensar en lo que él piensa, no cuando tengo mucho que hacer. Cuando la puerta se cierra, mi rostro recupera la seriedad. Ayer salí tarde del trabajo; y hoy estoy agotada. Entrelazo los dedos hasta escuchar el crujido de mis huesos y bostezo antes de colocarme los lentes para seguir revisando documentos. Cedric me hizo cancelar la reunión que llevábamos aplazando más de tres semanas. Ya no sé qué otra excusa darle a los proveedores y a los de logística. A veces siento que este hombre quiere quebrar la empresa, pero no entiendo por qué me preocupa. Después de todo, es su empresa si la quiere quebrar que la haga. Pero me preocupa la cantidad de personas que puedan quedarse sin sustento para sus hijos y esposas. Sin darme cuenta, llega la hora del almuerzo. Hoy planeaba salir a comer fuera, pero miro la pantalla frente a mí y dudo. No me gusta dejar las cosas a medias; serán solo cinco minutos más, antes de salir a comer. Mis dedos se mueven veloces sobre el teclado, y cuando tocan la puerta, me sobresalto. —No te vi en el comedor... Matteo entra con una enorme sonrisa. —¡Ah! Tenía mucho que hacer. —Ya veo. Te pedí algo de comer. Me levanto negando con una sonrisa, los tacones resonando en el piso y me detengo frente a él. Tomo la bolsa que me extiende. —¿Sushi? ¿Cómo sabes que me gusta? —Solo lo adiviné... —responde, sonriendo. Niego, aunque por dentro sé lo que pasa. Matteo tiene uno que otro interés en mí. Es guapo, de ojos azules, piel pálida. No es demasiado alto, pero tiene un cuerpo bien cuidado y un trato amable. Todo lo que cualquier mujer desearía, pero para mí es imposible sentir algo más que afecto laboral. Estoy frustrada. No recuerdo la última vez que terminé una cita. Cada palabra que un hombre me dice me hace dudar, sentir que miente, que solo quiere acostarse conmigo. Quizás necesite ayuda, aunque no creo que un psicólogo sea suficiente, necesito un psiquiatra, pero por ahora prefiero mantenerme así. Si algún día encuentro a alguien que me inspire a sanar, abriré mi mente y mi corazón. Por el momento, prefiero mi paz. No creo ser egoísta por elegirla. Después de todo, no estoy ilusionando a nadie. Solo tengo una culpa que pagar, y será cuando me toque ir al infierno. —Te dejo para que almuerces tranquila. Si necesitas algo más, puedo traerlo para ti. —Puedes irte en paz, Matteo. Es suficiente con que hayas hecho este gran esfuerzo por mí. —Es un honor que lo aceptes. Déjate consentir y deja de estar tan a la defensiva. Niego con una sonrisa fingida. —Después yo te pago una comida. El me mira fijamente a los ojos. —Claro. Me gusta mucho la langosta. —Bien. Se da la vuelta sereno y empiezo a comer mientras trabajo. Mis ojos siguen fijos en la pantalla. Tomo una bolita de sushi, la mojo en salsa de soja y justo cuando la llevo a la boca, una voz conocida me sobresalta. El susto me hace soltar el sushi, que cae directo sobre mi camisa blanca, manchándola. —¿Este es el comedor? —dice la voz, con ese tono áspero y lleno de ira que me eriza la piel. —Lo siento, señor. Había mucho trabajo y no me percaté de la hora —respondo nerviosa, sin mirarlo, buscando toallas húmedas en mi bolso para limpiarme con torpeza. —Es algo torpe. Trate de limpiarse la camisa. La reunión aplazada del día de hoy, será en media hora. Necesito que prepare mi oficina. Lo miro, incrédula. —¿Dice que la reunión que usted mismo canceló, se llevará a cabo en media hora? —Exactamente. ¿Necesita ir a un otorrinolaringólogo o es costumbre repetir las cosas, Norris? Esta hijo de la gran...respiro profundamente para controlar mis ganas de ahorcarlo. —Disculpe, señor. Me sorprendió un poco, ya que usted la había aplazado desde hace varios días y ahora... Pero él simplemente se dio la vuelta ignorándome. Me muerdo la lengua y suspiro. La mancha no saldrá de la camisa, al contrario ha empeorado al frotarla. No tengo más opción que presentarme así. Justo cuando voy a salir y agarro la manija, Cedric aparece. Chocamos aliento, y mi mano derecha roza su pecho. Por unos segundos nos miramos fijamente, el aire era denso entre ambos. Me aparto rápido y carraspeo. —Disculpe... iba a salir. —Colóquese eso. —Me extiende una camisa limpia—. No permitiré que se presente en la reunión con la ropa sucia. Ya le he dicho que debe mantenerse a la altura si trabaja a mi lado. —Gracias. —No me de las gracias y póngase a trabajar. Tiene diez minutos, Norris. No soy un hombre paciente. Recuérdelo. Y para la próxima, tenga más cuidado al comer. No es una niña. Lo observo alejarse, el nudo en la garganta apretando más fuerte. ¿Por qué busca ropa para mí? ¿No se supone que me odia? ¿Por qué no me deja hacer el ridículo delante de todos? Hace seis meses estamos trabajando juntos y ni siquiera por equivocación hemos hablado del pasado. Es como si nunca nos hubiéramos conocido, como si realmente fuéramos jefe y empleada, no dos adolescentes que una vez se gritaron Te amo, en muchas ocasiones.






