Bajo la luz, el cabello de Patricia estaba enredado.
Como si temiera que Alejandro se fuera, apretaba sus dedos con fuerza, pálida.
Tenía las pestañas bajas y los labios ligeramente apretados.
Aunque seguía asustada, se obligaba a mantener una apariencia firme.
Alejandro sintió una punzada de compasión. Extendió el brazo y la atrajo suavemente hacia su pecho.
—El jefe de la policía, Damián, es amigo mío. Él se encargará de todo. No dejará que esto se haga público.
Patricia apoyó la cabeza contr