De noche, en la Sierra del Viento Rojo.
Sobre la carretera de montaña, las luces se acercaban cada vez más.
El rugido de un deportivo rasgaba el aire con nitidez.
La velocidad superaba los cien por hora.
La distancia entre ambos vehículos era de unos quinientos metros.
Patricia golpeteaba suavemente el volante con los dedos, contando en silencio.
Tres.
Dos.
Uno.
Ahora.
Con la punta del tacón, pisó el acelerador.
El Maserati blanco respondió al instante, disparándose desde el estrecho camino rural hacia la carretera principal.
Como un caballo desbocado, se lanzó de frente contra el Camaro amarillo que descendía por la montaña.
El chirrido de los frenos desgarró la noche.
El Camaro giró con precisión, derrapando en un elegante coletazo; la parte trasera rozó el frente del Maserati antes de detenerse al borde del camino.
El espejo lateral izquierdo del Maserati salió volando.
Desde el asiento del conductor, Patricia lanzó una mirada de reojo hacia la puerta.
El cable del retrovisor colgaba en el aire, temblando.
La comisura de sus labios se curvó.
Lo logró.
Accionó el freno de mano y volvió a golpetear el volante, esperando a que el pez mordiera el anzuelo.
Afuera, una figura se acercó.
La silueta alta bloqueó la luz del farol.
Al siguiente segundo, alguien golpeó con fuerza la ventana.
—¡Bájate!
La voz, áspera y ligeramente ronca, dejaba ver una irritación imposible de ocultar.
Patricia se quitó el cinturón de seguridad y abrió la puerta con calma.
Alejandro, que estaba afuera, dio un par de pasos atrás y se recargó en el Camaro.
Dio un toque al cigarro que sostenía entre los dedos.
La ceniza cayó con un leve sonido.
Unos tacones rojos de aguja tocaron el asfalto.
El vestido rojo ondeó con el viento, apenas cubriéndole la parte alta de los muslos.
Sus piernas largas, delgadas pero firmes, brillaban bajo la luz del farol.
¿Una conductora?
—Maldición...
Frunciendo el ceño, Alejandro soltó el humo entre los dientes.
Para él, mujer era sinónimo de problema.
Si hubiera sido un hombre, ya le habría dado una lección.
Pero siendo mujer, ni tenía ganas de meterse.
Se dio la vuelta, dispuesto a subir al carro.
Patricia salió del vehículo.
—Espera. Chocaste mi carro. ¿Y piensas irte sin pagar?
—En una curva, el que gira cede el paso. Además, manejas de noche sin luces. La culpa es toda tuya. Bastante hago con no exigirte nada —respondió Alejandro sin siquiera voltear.
Tiró la colilla al suelo y la aplastó con la bota, antes de volver al asiento del conductor y azotar la puerta.
Patricia caminó tras él, los tacones marcando cada paso.
—Primero: mis luces no sirven. Segundo: ibas a exceso de velocidad. Tercero: tu carro no cumple con las normas de modificación.
Antes de que encendiera el motor, Patricia metió la mano izquierda por la ventana abierta y sujetó el volante.
—Así que tienes que hacerte responsable.
La luz del farol iluminó su mano.
Una mano hermosa: piel clara como porcelana, dedos largos, uñas perfectamente cuidadas, pintadas de rojo.
Solo que en el dedo anular llevaba un exoesqueleto metálico plateado, como si fuera un soporte para ejercer más fuerza.
La mirada de Alejandro se detuvo un instante en sus dedos.
Luego levantó la vista y la observó de reojo.
Llevaba el cabello recogido de forma descuidada, sujeto con un broche.
Algunos mechones sueltos enmarcaban un rostro deslumbrante.
Sonreía apenas, como un demonio capaz de hechizar.
Incluso Alejandro, siempre frío y distante, se distrajo por un par de segundos.
Pero solo eso: un par de segundos.
Bajó la mirada con desinterés.
—Suelta el volante.
Patricia lo soltó y apoyó el brazo en la ventana.
Se inclinó ligeramente, entornando sus hermosos ojos, fija en él.
El rostro de Alejandro quedaba envuelto en la penumbra, difícil de distinguir.
Solo el audífono en su oído izquierdo emitía un tenue destello rojo.
—Lleva mi carro al taller y arréglalo... y no llamaré a la policía.
Alejandro soltó una risa seca entre dientes, con ese tono despreocupado que rozaba lo insolente.
—Mi carro es nuevo, ni placas tiene todavía. ¿Y crees que me preocupa que llames a la policía?
Patricia carraspeó suavemente, con un dejo burlón en la voz:
—Entraste al ejército por reclutamiento especial a los dieciséis. Hace dos años te retiraste por una lesión. Ahora eres dueño del Taller El Buen Motor. Naciste el 9 de junio, tu número termina en 5002... ¿Quieres que también diga tu CURP y tu dirección?
Alejandro, que hasta entonces no la había mirado de frente, giró por fin hacia ella.
—¿Quién eres?
Su rostro, antes oculto entre luces y sombras, quedó completamente expuesto ante la mirada de Patricia.
Rasgos afilados, imponentes.
En el arco de la ceja izquierda, una cicatriz en diagonal le daba un aire indomable a su mirada profunda.
Aunque ya había visto fotos de él, aun así le sorprendió.
El heredero perdido de la familia López, su futuro esposo, resultaba ser increíblemente atractivo.
Sus ojos se curvaron en una sonrisa.
—Adivina.
Alejandro sintió, una vez más, que tratar con mujeres era un fastidio.
Tomó el celular que había dejado sobre el tablero y marcó a su aprendiz, Martín.
—Trae la grúa. Sierra del Viento Rojo, doscientos metros al norte del cruce.
Patricia se incorporó, rodeó el frente del carro y se sentó en el asiento del copiloto.
Alejandro alzó una ceja, molesto por la invasión.
—Bájate.
Patricia ni se movió.
Levantó ligeramente la pierna y se quitó los tacones, dejándolos caer sobre el tapete.
Con toda la calma del mundo, como si pensara quedarse ahí para siempre.
—¿Tienes algo de tomar?
Alejandro tomó la cajetilla de cigarros y la golpeó contra el volante.
Sacó uno con los dientes, lo encendió y dio una profunda calada.
—Te dedicas a montar accidentes en plena noche... ¿no te da miedo que te maten?
Patricia miró alrededor, tomó una lata de cerveza del compartimento central.
Al no encontrar pañuelos, usó el borde de su vestido para limpiar la ceniza que había caído encima, abrió la lata y dio un trago.
—Si es primero violar y luego matar, no tengo objeción.
La ceja de Alejandro se arqueó.
Con el cigarro entre los dedos de la mano derecha, apoyó el brazo en el respaldo de su asiento y se inclinó sobre la consola central, acercándose al rostro de Patricia.
Su cara, atractiva y peligrosa, tenía algo de forajido.
—Entonces no me voy a contener.
Patricia levantó la barbilla, sin esquivarlo.
—¿Qué método te gusta?
Alejandro se atragantó ligeramente; el humo casi se le atoró en la garganta.
Esa mujer era un demonio, más salvaje que él.
El claxon sonó.
Martín, el aprendiz del taller, había llegado con la grúa.
Alejandro se incorporó, salió del carro y sacó una barra luminosa de la cajuela para dirigir la maniobra.
—Reversa, gira a la derecha... ¡alto!
La plataforma se detuvo a un metro del Maserati.
Alejandro giró con la barra en la mano, observó el frente del carro y soltó otra maldición.
Las cubiertas de ambos faros estaban destrozadas; los focos ni siquiera estaban.
El resto del vehículo no tenía daño alguno.
Era evidente: alguien los había roto a propósito.
Entrecerró los ojos.
Esta mujer sí que se había tomado la molestia de montar el accidente.
Martín bajó de la grúa y, al ver el Maserati, abrió los ojos de par en par.
—Oye... esto sí que fue un choque con estilo.
—No fue choque. Lo destrozaron.
Martín miró alrededor, nervioso.
—¿Te metiste con alguien? ¿Por qué no dijiste antes? Habría traído a más gente.
—¿Apenas saliste de la cárcel hace un año y ya quieres regresar?
Alejandro le dio una patada ligera y abrió la puerta del Maserati para sentarse al volante.
Muchas chicas solían llenar sus carros de adornos o cosas lindas.
El de ella estaba completamente limpio. Nada.
En el asiento del copiloto había un bolso y una laptop tirados sin cuidado.
Alejandro puso la mano sobre la computadora: aún conservaba calor.
Ese estilo no era de una niña rica consentida ni de una amante mantenida; más bien, de una ejecutiva.
Encendió el carro y lo subió a la plataforma.
Después de bajarse, le hizo una señal a Martín para que se llevara el vehículo al taller y regresó al Camaro.
—¿Te mandó Ernesto?
Patricia pensó: “Se dio cuenta tan rápido... qué listo.”
Extendió la mano derecha, en gesto de saludo.
—Vine por mi cuenta. Quería ver cómo es mi futuro esposo. Soy Patricia Mireles, tu prometida.