Después de ver todos los animales del rancho, Joaquim llevó un poni hasta la pista ecuestre, y los ojos de Dália brillaron aún más.
–¡Es tan lindo!– dijo ella, sonriendo.
–Puedes acercarte, es muy dócil, no hace daño–
Dália se acercó al poni, le dio una manzana, acarició y cepilló su crin, mirando al animal como si estuviera contemplando a una criatura fantástica de sus libros de historia.
–¿Vamos a montar?– preguntó Joaquim.
–¿Estás seguro de que es seguro?– preguntó Júlia con recelo, y yo no