La mujer, de unos 50 años, continuó mirándome de forma extraña, pero pronto se recompuso, volviendo a su expresión seria.
–¿Tú… eres la nueva niñera?– preguntó, sin dejar de mirarme.
–Sí, señora.
–¿Quién te contrató?
–Fue el señor Leonardo, personalmente.– Su rostro se contrajo aún más.
Pronto desvió la mirada, mirando a Dália, que apretó mi mano y se acercó a mí. Recordé el incidente y me agaché frente a la niña.
Dália bajó la mirada, avergonzada y con miedo de que me enfadara, pero yo solo so