—Señor López, por favor, perdóneme —seguía suplicando el calvo.
Gabriel se levantó con el rostro frío, mirándolo como si ya estuviera muerto:
—Te metiste con ella, mereces morir.
—No quiero volver a verlo —ordenó a sus subordinados.
—Sí, señor.
El subordinado agregó:
—Antonio se pasó de la raya. ¿Deberíamos decírselo a la señorita Blanco?
Gabriel dudó un momento y negó con la cabeza:
—No. Esta suciedad no merece llegar a sus oídos. Ella me tiene a mí para el resto de su vida, la protegeré comple