En un descuido, Isabella me agarró del cuello con fuerza.
—Suel... suéltame... —las manos de Isabella tenían una fuerza increíble. Aunque le clavé las uñas hasta hacerle sangre, no logré que me soltara.
No podía respirar y mi rostro palidecía. Una oleada de mareos me invadió incontrolablemente.
Con gran esfuerzo, intenté pedir ayuda:
—¡Ayu... ayuda! ¡Socorro!
Isabella, sin miedo alguno y con expresión enloquecida, dijo:
—María, aunque te desgarres la garganta gritando, nadie vendrá a salvarte. M