Leonardo soltó una risa amarga, cargada de escarnio y rabia, solo con ver sus rostros, la desfachatez de atreverse aún a chantajearlo e intentar un acuerdo. Aquello lo irritaba y lo asqueaba profundamente.
— ¿Un acuerdo? — repitió, alzando una ceja con claro desprecio.
— Saben, al principio lo consideré: hacer un acuerdo con ustedes, sacarlos de esta mansión, cortar todos sus lujos, dejarlos en la parte más suburbana de la ciudad, viviendo como las personas “inferiores” y “miserables” que tanto