Capítulo 126. Cuestiones imposibles

"Augusto"

Todavía tenía los puños cerrados cuando oí que la puerta del despacho se abría.

Mi padre y yo estábamos en guerra. Cada frase era un ataque directo. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba gritando; solo estaba seguro de una cosa: si me quedaba un minuto más allí, haría algo irreversible.

— Basta.

La voz de César cortó el aire. Mi hermano entró en la sala mirando fijamente a nuestro padre. No preguntó qué estaba pasando. No hacía falta. El ambiente lo decía todo. Mi padre permaneció inmóvil
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