ARIA
Me dolía todo. Literalmente todo. Incluso partes de mi cuerpo que ni siquiera sabía que existian.
Como si me hubiera arrollado una manada de vacas… o mejor dicho, un Seik terco y muy entusiasta que decidió ignorar por completo el concepto de “descanso nocturno”.
Eran las cinco de la mañana y yo estaba completamente desnuda, anclada a su cuerpo como un koala. El sudor resbalaba por su piel, marcando cada fibra de sus músculos. Sus brazos, tensos y firmes, me sujetaban por debajo de los musl