Kendrick está estacionado en la acera del otro lado al frente de la casa, me saludó y me tiró una guiñada. Mi cara debe ser un camarón, cierro la cortina al recordar mis fachas y mis petardos explotan.
—Estoy aquí nena, por cierto, te ves hermosa, toda tomate —sostengo mi estómago por todo el revuelo dentro—. Esa toalla pink combina con tus mejillas.
—Eres un odioso, el peor —refunfuñé y sin poder evitarlo una sonrisa lucía—. Te dejo, me vestiré y si demoro es tu culpa —desconecté la llamada y