La primavera en Vancouver era la mejor estación.
Emma lo había decidido a los ocho años y no había revisado la decisión desde entonces porque las decisiones sobre estaciones eran de las que podían hacerse una sola vez y no cambiaban: la primavera tenía la lluvia que no era la del invierno y la luz que todavía no era la del verano y el tipo de frío que convivía con el calor sin que ninguno de los dos ganara, que era exactamente la temperatura correcta para caminar con un abrigo liviano y sin que