Sebastian
Salgo del hospital al día siguiente con la sensación de que las paredes blancas todavía me siguen, el olor a hospital pegado a la piel y la cabeza mucho más ocupada por el maldito sobre amarillo que por la venda que me aprieta la frente. El médico me recomienda reposo, me habla de contusión leve, inflamación, posibles mareos si me exijo demasiado, pero yo apenas escucho, porque lo único que retumba es la cifra, un millón de dólares, y la amenaza implícita de arruinar lo poco que queda