Sebastian
Estoy sentado frente al escritorio del detective, con los papeles firmados, extendidos entre nosotros, y aunque mi postura es firme, por dentro siento que todo se está desmoronando a una velocidad que ya no puedo controlar. El sonido del bolígrafo que golpea suavemente la madera mientras él revisa los documentos me resulta insoportablemente lento, como si el tiempo se hubiera vuelto un enemigo que juega en mi contra.
—Entonces —dice finalmente, levantando la mirada hacia mí—, ¿cuál es