Capítulo 2
Contratada en el Caos

—¿Me está tomando el pelo? —preguntó Augusto, entornando sus ojos verdes con pura desconfianza.

Eloise cruzó las piernas, manteniendo una postura impecable. Su vestido rozaba levemente la piel expuesta de sus muslos, y ella sabía que él lo notaba, aunque se hiciera el indiferente.

—Para nada —respondió—. Leí todo sobre su empresa, conozco su agenda de reuniones, sé que despidió a la última secretaria por haberle servido el café con azúcar en vez de edulcorante. Y aun así, estoy aquí. Eso no es atrevimiento, es valentía.

Augusto se levantó de la silla. Imponente, con sus 1,92 metros de pura tensión masculina. Su traje negro a medida moldeaba el cuerpo fuerte, y su mirada penetrante enfrentaba a Eloise como si pudiera desnudar no solo su ropa, sino también sus defensas.

—La valentía puede confundirse con insolencia —dijo él, rodeando el escritorio y deteniéndose muy cerca de ella.

Eloise también se puso de pie. Más baja que él, pero sin apartar la mirada. Nunca la apartaba.

—Insolencia es lo que usted le llama a la humanidad. Yo simplemente soy honesta, señor Monteiro. Debería intentarlo de vez en cuando.

Silencio.

Una sonrisa cínica curvó sus labios.

—Fue demasiado lejos. Está contratada.

—¿Cómo?

—Ya que quiere demostrar que es diferente… esta es su oportunidad. Preséntese mañana a las 8. Y no llegue tarde.

—Yo nunca llego tarde —respondió ella con una sonrisita atrevida.

Augusto caminó hacia la ventana, de espaldas a ella, pero aun así dominando el ambiente.

—Una cosa más, señorita Nogueira… Yo no me involucro con mis empleadas.

Ella arqueó una ceja.

—Qué suerte la suya. Yo no me involucro con hombres como usted.

Augusto se giró bruscamente. Pero antes de que pudiera decir algo, Eloise ya había salido de la sala.

El taconeo resonó por el pasillo.

En cuanto cruzó la puerta de entrada y sintió el viento en la cara, el aire de desafío que había sostenido adentro empezó a desvanecerse.

Caminaba firme, pero por dentro el estómago le daba vueltas.

"Tal vez fui demasiado lejos…", pensó, mordiéndose la comisura del labio. "Pero necesitaba que me tomara en serio."

Había mandado su currículo a todas partes. Había aceptado trabajos temporales, rechazado propuestas indecentes, sobrevivido como había podido. Pero ahora… su padre estaba peor. Los medicamentos eran caros, el alquiler estaba atrasado, y el peso de sostenerlo todo recaía solo sobre ella.

No iba a mendigar un puesto.

Nunca fue de las que adulan para conseguir algo.

Al contrario, prefería provocar. Incomodar. Hacerse notar por lo que era —intensa, auténtica, valiente.

Y si tenía que enfrentarse a Augusto Monteiro para salvar lo que quedaba de su vida hecha pedazos… que así fuera.

Pero en el fondo, algo en ella temblaba.

Quizás no por miedo al trabajo.

Quizás… por él.

***

Allá arriba, en el último piso, Augusto contemplaba la ciudad encendida.

El vidrio reflejaba la silueta de un hombre que lo tenía todo: dinero, poder, fama. Un imperio construido con sangre fría, disciplina y ningún margen para los sentimientos.

Pero había algo que el espejo no mostraba.

Un vacío.

Un nombre que evitaba pronunciar.

Un rostro que evitaba recordar.

Un sabor que, incluso después de años, seguía quemando en la memoria.

"Juré que nunca más dejaría que nadie me engañara."

La cicatriz todavía dolía.

Y la llegada de esa mujer atrevida, de mirada desafiante y alma indomable, removía algo que él creía haber enterrado.

—Maldita suerte —murmuró, cerrando los ojos—. O maldición, más bien…

Eloise Nogueira acababa de entrar en su mundo.

Y él presentía que no saldría ileso.

Él tampoco.

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