La Entrevista
—Nicole es mejor que tú, Eloise.
—En varios sentidos… si es que me entiendes.
La frase fue dicha en tono bajo, casi cortés.
Como si aquello no fuera una traición.
—Ella viene de una familia reconocida. Tiene nombre. Tiene posición.
—Tú… —dudó—. Tú hiciste lo que pudiste.
Cada palabra cayó como un golpe.
Ella todavía estaba de blanco.
Todavía sostenía el ramo.
Todavía creía que el amor era suficiente.
No lo fue.
El reloj de la recepción marcaba exactamente las 8:45 de la mañana cuando Eloise Nogueira empujó las puertas de vidrio del Monteiro Group. El taconeo firme resonó en el suelo de mármol blanco, tan pulido que reflejaba su vestido ajustado color vino tinto —discreto, pero suficiente para resaltar sus curvas envidiables.
¿Estaba nerviosa? Un poco.
¿Decidida? Sin duda.
Tres meses atrás, Eloise había aprendido que las promesas no retienen a nadie.
La habían dejado plantada en el altar por el hombre que decía amarla —y traicionada por su propia familia en el mismo golpe.
Nicole, la prima que siempre le tuvo envidia.
Desde entonces, confiar se había convertido en un riesgo que ya no estaba dispuesta a correr.
Pero ahora todo era distinto.
Necesitaba ese trabajo.
Y no solo por el sueldo.
Su padre, enfermo y jubilado, apenas podía levantarse de la cama en los días más difíciles. Los medicamentos estaban caros y las cuentas no dejaban de llegar. Eloise no tenía el lujo de esperar a que la suerte tocara su puerta —había decidido ir a buscarla.
—Buenos días —le dijo a la recepcionista con una sonrisa leve—. Tengo una entrevista para el puesto de secretaria personal del señor Augusto Monteiro.
La mujer la miró de arriba abajo, como quien evalúa si una chica así aguantaría a un jefe como él. Tragó saliva antes de responder:
—Último piso. Sala 15. Él te está esperando.
Él.
El nombre ya venía cargado de tensión: Augusto Monteiro. Frío, despiadado, perfeccionista. El hombre que dirigía un imperio millonario como si hubiera nacido para reinar —y quizás así era. Decían que sus ojos verdes eran capaces de atravesar el alma, y que nadie duraba más de un mes a su lado como secretaria.
Y ahí estaba ella… caminando directo a la guarida del lobo.
El elevador subió en silencio. Eloise acomodó su cabello largo y oscuro, respiró hondo e intentó calmar el corazón. No era de las que se dejaban intimidar, pero algo dentro de ella lo sabía: ese hombre iba a ponerle el mundo de cabeza.
Las puertas se abrieron.
Golpeó dos veces la imponente puerta de madera oscura.
—Adelante —llegó la voz grave, firme.
Ella entró con pasos decididos, aunque sentía su mirada recorrerla de arriba abajo.
Augusto Monteiro levantó los ojos de la laptop. Y, por primera vez en meses… se quedó paralizado.
Morena. Figura llamativa. Mirada desafiante.
No sonreía. No se doblegaba.
Estaba ahí como si el mundo tuviera que adaptarse a ella —y no al revés.
—¿Eloise Nogueira? —preguntó, con un tono casi aburrido, intentando disimular el impacto.
—La misma —respondió, con una sonrisita de lado—. Pero puede llamarme Eloise. Nadie pronuncia mi apellido con la arrogancia que merece.
Él arqueó una ceja.
Atrevida.
—Siéntese —dijo, señalando la silla frente al escritorio—. Vamos a ver si tiene algo más que una lengua afilada.
—Y veremos si el señor Monteiro tiene algo más que fama y dinero —respondió ella, sin pestañear.
Silencio.
Tensión.
Ojos en los ojos.
Y fue ahí, en ese primer cruce de palabras, que Augusto lo supo:
Esta mujer iba a ser su infierno particular.
Y, tal vez… el único cielo que aún podría alcanzar.