Él dejó el bolígrafo despacio y entonces levantó los ojos.
La mirada era de hielo.
—No hay nada de qué hablar, señorita Nogueira.
Ella parpadeó, sintiendo el nombre formal cortarla como una cuchilla.
—¿No fue… nada para ti?
—No debería haberlo sido para ti tampoco —replicó, seco, sin vacilar—. No te ilusiones. Fue solo una noche. Un error. Que no se repetirá.
El corazón de ella se hundió. Aun así, intentó.
—¿Y mi trabajo? ¿Cómo voy a manejar esto aquí adentro?
Él se recostó en la silla y