La nieve afuera de la abadía de Ruales parecía un sudario blanco, pero dentro de la oficina parroquial, el aire quemaba. Gabriela - sintió que el mundo se detenía cuando los labios de Rafael Monroe reclamaron los suyos. Aquel beso no fue una bendición, fue un incendio. Fue el fin de la inocencia y el inicio de una caída libre hacia un abismo de placer y culpa que ella, en su soledad de años, no pudo ni quiso evitar.
Allí, entre paredes que custodiaban libros sagrados y el aroma a cera de abe