—Luego de que mi padre falleciera decidimos ocultarnos. Conocíamos perfectamente las leyes de la mafia: Primero disparar y luego preguntar. —Se produjo un coro de risas a causa de mis palabras y yo esboce una sonrisa sardónica, como si de verdad me hiciera gracia. No tenían ni idea de lo mucho que se calentaba mi sangre al recordarlo.
El jede del Consejo llamó la atención para que el escandalo cesara y pudiese continuar con mi relato. El único gesto sincero que había regalado aquella noche se l