Cuando Silvina llegó hasta el velo de gasa, todas las luces del cuarto se encendieron a la vez.
Aun a través de la tela translúcida, pudo distinguir con claridad al hombre que danzaba detrás.
Leonel…
¿Qué estaba haciendo ese hombre…?
¿Acaso bailaba para complacerla?
La sola idea parecía absurda, y sin embargo, Silvina no pudo reírse.
Porque detrás del velo, los ojos de Leonel brillaban con un resplandor hechicero; la sonrisa en sus labios se expandía como ondas en el agua, y su mirada permanecí