La voz de Mariana todavía vibraba en sus oídos como un eco que se negaba a desaparecer. Clara caminaba despacio por el estrecho corredor entre los galpones de la hacienda, abrazándose el cuerpo como si pudiera contener el torbellino dentro de su pecho. El cielo anaranjado del atardecer teñía el horizonte con tonos dorados, pero dentro de ella todo era gris y confuso.
Taylor estaba comprometido. Aquella frase martillaba su cabeza desde el comienzo de la tarde, desde que Mariana, con su manera ex