Lila ya no sabía dónde esconder la cara. Con cada palabra que escuchaba, se sentía más pequeña, como si el suelo de madera del porche pudiera tragársela en cualquier momento. Taylor, en cambio, parecía divertirse enormemente con toda la situación, y el brillo travieso de sus ojos delataba cuánto estaba disfrutando cada segundo de la vergüenza de ella. Fiorella suspiró de manera dramática, apoyando la barbilla sobre la mano, como quien contempla una escena de teatro.
—Ay, Magnólia, no se puede n