El porche seguía impregnado del aroma del café y del pan de queso, acompañado de risas, bromas y de las abuelas, que siguen afilando la lengua sin la menor piedad. Pero, en medio de todo aquel alboroto, Maurício se aclaró la garganta y desvió la mirada hacia Taylor.
—Oye, cowboy... ¿Qué te parece si damos una vuelta? —preguntó, algo incómodo.
Taylor arqueó una ceja, intrigado.
—¿Una vuelta? ¿Ahora? —rió mientras le daba un suave codazo en el hombro a su cuñado—. ¿Vas a secuestrarme para escapar