A Solas.

Son las diez de la mañana y estamos sentados en el suelo de la sala de la propiedad de Alaric con tres carpetas abiertas, dos laptops, una libreta y los restos de un desayuno que hizo él porque insistió y que resultó ser considerablemente mejor de lo que esperaba.

La tía Rosa mandó siete mensajes desde las ocho, los ignoramos los dos por acuerdo tácito.

—El salón tiene capacidad para ochenta —dice Alaric mirando la pantalla.

—Menos.

—¿Cuántos?

—Los que quepan sin que parezca que invitamos gente
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