El silencio tenía una textura específica.
No era el silencio de cuando los niños dormían, que tenía profundidad pero también masa, la masa de dos personas pequeñas respirando en la habitación de al lado. No era el silencio de cuando Emilia se había ido, que tenía bordes y resonaba de un modo que reconocías en cuanto empezaba.
Era el silencio de un piso de cuatro personas reducido a una.
Diego lo notó en cuanto cerró la puerta.
Eran las seis y cuarto. Había dejado a los niños en el piso de Camil