Andrés llama el viernes a las ocho de Buenos Aires.
Pero antes de la llamada hay un viernes de mañana que pasa de la manera habitual de los viernes: los niños al colegio a las ocho y media, el metro al estudio, el café del bar de abajo porque la cafetera del estudio tardó dos semanas en llegar y llegó la semana pasada y todavía no termina de convencerme del todo, los planos del tercer edificio a las nueve.
A las once y media, el aparejador manda por correo los microfílmes que consiguió del arch