El café de la calle Augusto Figueroa a las seis de la tarde del martes tiene la luz de los últimos días de agosto: ya no la luz aplastante del verano, sino la que empieza a saber que el otoño no está muy lejos y que aprovecha antes de que llegue.
Diego llega a las seis en punto.
La misma mesa del fondo donde tomé café con Lorena en octubre del año pasado, cuando me preguntó qué quería yo. La mesa que tiene esa cualidad de los sitios donde las conversaciones importantes ocurren y que por eso uno