El café de la calle Augusto Figueroa a las cinco de la tarde del miércoles tiene la luz exacta de los meses en que el año empieza a alargar los días sin alargarlos todavía del todo. La luz que entra por la ventana delantera ya no se va a las cuatro, pero tampoco dura hasta las siete. Es la luz intermedia. La de la transición.
Lorena ya está cuando llego.
La misma mesa del fondo. El mismo té. El cuaderno cerrado. Esta vez no lo abre cuando me ve entrar.
Me siento.
—Camila.
—Lorena.
Pido el café.