CAPÍTULO 43: CASI MUERO
A pesar de mis protestas, el instructor me hace subir al lomo del caballo. Estoy temblando como una hoja y estoy segura de que el animal lo sabe, porque él también parece inquieto. Trota un poco hacia adelante y hacia atrás y relincha incómodo, como si no me quisiera ahí.
—Ay no, no, yo creo que mejor me bajo ya —le digo al instructor—. Por favor, Hernández, esto es demasiado para el primer día.
—¿Es que le tienes miedo? —cuestiona con un poco de incredulidad.
—¡Sí! —adm