No era una broma, realmente el perro de la pareja de mi madre había usurpado mi habitación, lo tenían como un rey. Mi vieja cama era la suya, un animal gigante e inquietante que me miraba como una amenaza desde dentro de la habitación. Ese perro era un peligro y debía recordarle a mi niño que no intentara jugar con él.
Todas mis cosas de adolecente, mis libros, mis póster y mis muñecos viejos, ahora estaban guardados en cajas húmedas y viejas en un armario, ya nada quedaba de mi pasado a la v