Tenía el brazo alrededor de ella y la mano descansando plana sobre su vientre.
Ninguno de los dos hablaba. La habitación estaba oscura y cálida, y la ciudad afuera hacía su habitual ruido suave de madrugada. Durante unos minutos, ninguno sintió la necesidad de decir nada.
Entonces él presionó un poco más la palma contra su estómago y preguntó:
—¿Ya puedes sentir algo?
Ella se rio. Una risa auténtica, de las que salen solas desde un lugar genuino.
—No funciona así —dijo.
—¿Cómo funciona?
—No