Alejandro corrió.
No había corrido en años —no era algo que soliera hacer, correr, ya que implicaba una pérdida de control que por lo general evitaba en público—, pero entró a toda velocidad por la puerta del hospital con la corbata desatada, la chaqueta a medio poner y el teléfono aún en la mano desde que Carmen había llamado.
«¿Dónde está?», preguntó.
Carmen estaba en la sala de espera. Estaba sentada con las manos cruzadas y la espalda recta, como solía sentarse cuando tenía que manejar una