Miguel conocía a Emilio desde que tenían ocho años.
Habían crecido a dos calles de distancia, ido al mismo colegio, peleado por el mismo balón de fútbol y metido en los mismos problemas. Para cuando fueron adultos, ya no necesitaban explicarse nada. Se habían quedado sin explicaciones hacía años.
Por eso, cuando Emilio llamó y dijo ven al bar, Miguel fue. No preguntó por qué por teléfono. Simplemente fue.
Ya iba por su segunda copa cuando Emilio se sentó, y con solo mirarle la cara esperó.
Emil