Estaban en el sofá de la sala de suministros, con las piernas de ella sobre el regazo de él y el estudio en silencio afuera.
Emilio tenía la mano apoyada en su tobillo y miraba al techo.
—No me gusta —dijo.
Valentina abrió los ojos.
—Acabamos de…
—Tu asistente.
Ella giró la cabeza y lo miró. Él seguía con la vista fija en el techo, la mandíbula tensa, con la expresión de un hombre que había llegado a una conclusión y no estaba dispuesto a que lo sacaran de ella.
—Marco —dijo ella.
—Sí.
Valent