Capítulo Treinta y Uno

Estaban en el sofá de la sala de suministros, con las piernas de ella sobre el regazo de él y el estudio en silencio afuera.

Emilio tenía la mano apoyada en su tobillo y miraba al techo.

—No me gusta —dijo.

Valentina abrió los ojos.

—Acabamos de…

—Tu asistente.

Ella giró la cabeza y lo miró. Él seguía con la vista fija en el techo, la mandíbula tensa, con la expresión de un hombre que había llegado a una conclusión y no estaba dispuesto a que lo sacaran de ella.

—Marco —dijo ella.

—Sí.

Valent
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