Capítulo Treinta y Cinco

—No tiene un hijo —dijo Valentina.

Alejandro sonrió. Esa sonrisa particular que ella había aprendido a leer en tres años: la que significaba que él sabía algo y disfrutaba de la distancia entre lo que él sabía y lo que ella sabía.

—Me lo habría dicho —dijo ella.

—¿Ah, sí? —No era una pregunta. Solo dos palabras, puestas sobre la mesa entre ellos como una mano de cartas.

Ella miró la fotografía de nuevo. El niño —o era una niña, no había mirado lo suficiente, había estado tan concentrada en la c
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