El patio estaba en silencio.
El jardín más allá estaba bien cuidado, como la familia Castillo hacía todo: ordenado, mantenido, nada fuera de lugar. Emilio estaba sentado frente a Carolina en una silla que no recordaba haber elegido. La miró y esperó.
Cecilia había sido llevada adentro por el ama de llaves con la promesa de un bocadillo y sin arañas. El sonido de sus pequeños pasos regresando por las puertas había sido lo último normal que ocurrió.
—¿Es mía? —dijo Emilio.
No lo formuló como una